Naturaleza fabricada: los paisajes (im)posibles de Paula Anta

Naturaleza fabricada: los paisajes (im)posibles de Paula Anta

Por Ana Gandía Casasnovas

Paula Anta, AKOUEDO
Galería Daniel Cuevas (Calle de Sta. Engracia, 6, Bajo Centro, Chamberí, 28010 Madrid)
Del 11 de septiembre al 15 de noviembre de 2025
Dentro del programa Apertura Madrid Gallery Weekend

La fotografía contemporánea nos abre diferentes ventanas para reinterpretar el mundo, y en esta línea, la última exposición de Paula Anta (Madrid, 1977) parte de una paradoja interesante: la ficción puede convertirse en una naturaleza sumamente convincente, hasta el punto de llegar a suplantar el recuerdo que teníamos de ella. La fuerza de AKOUEDO radica en la reflexión que conlleva su proceso creativo, el retrato de un territorio que se sitúa entre los límites de lo imaginario y lo real. Un paisaje que existió primero como vertedero, después como herida, y ahora como promesa.


Serie AKOUEDO – Glaciares 04, 2024. Fotografía sobre lona 40 x 60 cm

Paula Anta, de mano de la Embajada de España en Costa de Marfil, se traslada a Abiyán, donde desde 1960 hasta 2006 funcionó uno de los vertederos más grandes del continente africano, con cien hectáreas de residuos y contaminación que culminaron en un desastre ecológico. En 2016 comenzó una reconversión sin precedentes, impulsada por los ingenieros y expertos medioambientales más punteros del momento, con el objetivo de limpiar y aislar el terreno para convertirlo en un gran parque público. Anta accede al enclave para fotografiarlo en un momento peculiar, cuando el territorio, ya encapsulado bajo lonas de plástico de alta tecnología, dibuja un paisaje tan ajeno como seductor. Las imágenes captan la fase intermedia entre la devastación y la recuperación, el instante exacto en que la reparación todavía parece artificio. 

Lo primero que sorprende en la exposición es la ausencia (deliberada) del contexto urbano. Ni edificios, ni maquinaria, ni huellas humanas visibles. Anta elimina cualquier referente geográfico para impedir que el espectador lea las imágenes como un fenómeno localizado en África. Lo que podría parecer un gesto formal es, en realidad, una intervención ética: la contaminación no es un problema africano, sino global; la restauración del paisaje tampoco debería asociarse a un único territorio. Suprimir la ciudad es una manera de universalizar la catástrofe y su posible reverso.

Las fotografías muestran lo que el ojo reconoce como diferentes accidentes geográficos, pero que en realidad son pliegues y tensiones del plástico que cubre el terreno para sellar los residuos. Esa ambigüedad perceptiva —lo que parece natural pero no lo es, y lo que se rechaza como artificial, pero podría acabar siendo naturaleza para las próximas generaciones— es el motor conceptual de toda la exposición.

El soporte, como es habitual en la obra de Anta, refuerza todo el discurso conceptual de la exposición. Las fotografías no están impresas en papel, sino en plástico y espejo. En el caso del plástico, un material asociado tanto al consumo masivo como a la obsolescencia urbana, se reconvierte en contenedor de imágenes poéticas. Esta elección habla del plástico como símbolo doble, responsable de la crisis ecológica, pero también instrumento de reparación. El espejo, por su parte, crea no solo obras de una belleza encantadora, sino también obras directamente comprometidas con el mensaje que la autora quiere transmitir. Nos hace vernos reflejados directamente en la obra, nos hace cómplices del desastre y de la solución.

Serie AKOUEDO – Mares 01, 2024. Fotografía sobre dibond espejo con moldura metálica 180 x 120 cm

La instalación que acompaña a las imágenes profundiza en esta misma tensión. Un bananero —especie utilizada en la reforestación real del parque marfileño— aparece sobre un espejo que devuelve un reflejo irreal. La planta es natural, su reflejo en el espejo, ficticio. El espectador se asoma al dispositivo como quien se asoma al problema, reconociéndose parte de la cadena de responsabilidad. En el silencio de la sala, la obra funciona como una trampa ética; quien contempla, participa.

La exposición, en conjunto, logra algo inusual: no solo representa un conflicto medioambiental, sino que lo reconfigura estéticamente sin caer en retóricas moralizantes. No denuncia desde la nostalgia de un paraíso perdido, tampoco celebra la ingenua fe en el progreso tecnológico. La pregunta que nos lanza es más incómoda: ¿qué ocurrirá cuando las generaciones futuras recuerden como “naturaleza” paisajes que nunca existieron antes de la contaminación? Quien visite la exposición verá un territorio nuevo que surge no del equilibrio ecológico, sino de la reparación tecnológica. 

Si la fotografía del siglo XX documentó la destrucción del planeta, la del XXI quizá tendrá que cuestionar sus reconstrucciones. En ese sentido, el trabajo de Anta trata una nueva sensibilidad visual: la del paisaje post-ecológico. Al final de la visita, el espectador sale con una incómoda intuición: tal vez la naturaleza del futuro sea también una ficción cuidadosamente diseñada. Y quizá eso sea precisamente lo que hace tan urgente proteger la que todavía nos queda.



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