Cuando la obra calla: Giorgio Griffa en Rafael Pérez Hernando

 

Lo primero que percibo al entrar en la galería Rafael Pérez Hernando es silencio. No solo porque el espacio esté vacío a excepción de mí mismo, sino por la manera en que el arte aquí expuesto respira. Los colores pastel de los acrílicos de Giorgio Griffa (Turín, 1936) llenan la sala con una tranquilidad solemne. Su obra no se impone al espectador, sino que lo atrae por la dignidad que exuda. El artista encuentra en la precariedad material (pinta sobre lienzos sin bastidor) un vehículo para representar la magnificencia que vislumbra en los gestos más humildes. No es tanto el contenido de la obra lo que me cautiva como lo es su renuncia al exceso. En la muestra, los galeristas nos extienden una invitación a descubrir lo bello y lo transformador que hay en cada una de sus pinceladas. 

Griffa inicia su práctica en los años setenta, aunque sus temas y métodos se mantienen recurrentes a lo largo de más de cincuenta años de carrera. Aquí, se entiende esta forma de crear como circular y, en consecuencia, la exposición propone un recorrido más envolvente que una retrospectiva cronológica. La obra del artista se encuentra en colecciones como la del Museo de Arte Moderno de Roma o el Tate Modern en Londres y se ha expuesto en instituciones como el Centre Pompidou o el Centro de Arte Contemporáneo de Ginebra. Sin embargo, es en un espacio galerístico reducido como este donde la profundidad de la obra de Griffa se vuelve más evidente.

Lo primero que encuentro en la muestra son las obras Linee orizzontali (1973, 1974). En estas pinturas, series de líneas trazadas con acrílico aguado se suceden horizontalmente. Las obras son austeras, recordando al arte sobrio de los minimalistas de los años sesenta. Y es que, como apunta Molly Warnock, resulta difícil desligar la obra de Griffa del contexto de mediados del siglo XX. Sin embargo, entender a Griffa como un imitador del minimalismo americano sería un error. Su práctica se aproxima más al arte povera por su humildad estructural. Griffa pinta imitando los ritmos de la escritura más que los de la pintura canónica. Sus materiales, asimismo, remiten al ámbito doméstico. Estas piezas recuerdan más a un trapo que a un lienzo, activando un imaginario de lo cotidiano que genera cercanía con el espectador.


Giorgio Griffa, Linee orizzontali (1973, 1974)

Además, el artista subvierte la serialidad propia de los maestros minimalistas: sus series de líneas quedan inacabadas. Griffa propone una comprensión de la línea y del espacio como algo abierto, más que como un sistema cerrado. Esta apertura nos invita a reconsiderar la relación del arte con el mundo desde una nueva perspectiva, a pensar sobre cómo el trazo se prolonga más allá del soporte expositivo. 

La obra protagonista de la sala central es Spirale (2023). En ella, un patrón de formas geométricas ocupa la parte inferior de un gran lienzo. Sobre esa forma se despliega una espiral en tonos cálidos. Griffa recurre a este motivo en varias piezas de la muestra, tanto de forma visual como a través de su descomposición numérica: el número áureo. Esta cifra representa para el artista la perfección matemática y la belleza presente en todo lo que existe. Por tanto, la espiral como forma condensa la visión de Griffa a la perfección: una comprensión del mundo como estructura armónica pero adireccional. La imagen gira sobre sí misma con dinamismo, sugiriendo un bucle infinito. Aquí no hay progreso ni desenlace. Quizás la belleza de la obra reside precisamente en su falta de propósito; la espiral, como nosotros mismos, es bella porque existe.


Giorgio Griffa, Spirale (2023)

En 2024, esta obra fue presentada en Santa María de Bujedo de Juarros en colaboración con Rafael Pérez Hernando, yuxtapuesta a la arquitectura cisterciense del monasterio-iglesia. Allí, al colgarse junto a tapices escolásticos, Griffa es posicionado como un asceta capaz de destilar la belleza a sus formas más esenciales. En la renuncia al artificio, el artista construye un lenguaje estético en sintonía con la arquitectura cisterciense que invita a mirar a todo lo que nos rodea con humildad estética, espiritual e intelectual.

La búsqueda de lo bello de Griffa se hace especialmente legible en sus pinturas de campos (sus Campo rosso, Campo giallo y Campo rosa, 1984). Estas obras representan parajes italianos a los que el artista se siente vinculado de forma esquemática. Aquí se renuncia a la representación realista para estudiar cómo percibimos el paisaje: sus luces y sombras, su peso y sus ritmos. Estas piezas recuerdan a los estudios de Monet por la manera en que estudian, aunque aquí lo hagan a través de la abstracción, cómo la luz transforma las superficies. A pesar de ser similares entre sí, presentan variaciones de volúmenes y luminosidades, investigando cómo el equilibrio visual y el color conforman un entendimiento óptico y emocional del entorno.


Giorgio Griffa, de izquierda a derecha Campo rosso, Campo rosso, Campo giallo y Campo rosa (1984)

Pero la ambición final de Griffa es capturar estos atisbos de perfecta imperfección no solo en paisajes, sino también en lo que resulta inabarcable para la vista. Arabesco rosso (2006) y Movimiento azzurro (2008), situadas en la sala a la derecha de la entrada, pueden entenderse como estudios de ritmos, silencios y melodías. Ambos títulos aluden a formas musicales: el arabesco y los movimientos que conforman una sinfonía. Al igual que en los paisajes fragmenta la luz y el color, aquí Griffa estudia la armonía subyacente a lo musical, intentando darle forma visual como series de trazos que se amalgaman. Al rendirse al gesto humilde del pincel, no disecciona estas estructuras, sino que las venera, rindiéndolas visibles y enfatizando la belleza de cada una de sus partes.


Giorgio Griffa, Arabesco rosso (2006) y Movimiento azzurro (2008)

En la misma sala, Campo azzurro y Quattro colori (2005) recuerdan a los campos italianos descritos anteriormente. Sin embargo, destacan por, junto con sus Linee Orizzontali, ser las únicas pinturas sobre lienzo enmarcadas en la exposición. Al contrario del resto de la obra de Griffa, estas piezas han sido presentadas de forma que facilita su circulación en la galería, que no deja de ser un espacio comercial. No obstante, al encontrárnolas no como compradores, si no como espectadores, somos desahuciados del universo formal de Griffa y devueltos a Madrid. La misma obra que aspira a escapar del soporte expositivo, queda asimilada como un objeto de compraventa más a través de su enmarcado. En esta exposición ya no solo se muestra arte, como Griffa ha concebido, sino que su obra convive con los mismos dispositivos que la traducen en valor monetario y de los que el artista parece querer escapar con su propuesta formal y de materiales. En este desplazamiento, la exposición no pierde relevancia, pero tanto galeristas como espectadores debemos entender y reconocer que este modo de presentación acaba por restar significado e impacto a una obra que, paradójicamente, desde un principio renuncia a ser fijada.


Giorgio Griffa, Campo azzurro y Quattri colori (2005)

Por Iker Veiga Lucena

Diciembre de 2025

Del 11 de septiembre al 22 de noviembre de 2025

“Giorgio Griffa”, Giorgio Griffa

Exposición comisariada por Rafael Pérez Hernando 

Galería Rafael Pérez Hernando - Calle de Orellana, 18, 28004, Madrid


Comentarios

  1. Presentar obras en una galería no les resta ningún valor poético. No se convierten automáticamente tan solo en mercancías. Ligeras incorrecciones ortográficas y sintácticas.

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