Entre el lápiz y el carbón. José Miguel Pereñíguez en la galería The Goma
Sin luz ni aviso, la exposición de José Miguel Pereñíguez en la galería The Goma, se articula como una experiencia que exige tiempo y atención. No hay aquí un relato lineal que guíe al espectador ni una progresión cronológica que ordene las obras. La muestra propone, más bien, un espacio de atención y de demora: un conjunto de imágenes y objetos que reclaman una mirada activa, dispuesta a desplazarse entre referencias, interrupciones y silencios.
Los dibujos y esculturas realizados entre 2012 y 2025 se presentan como episodios de un pensamiento visual que avanza de manera fragmentaria. Cada obra afirma su autonomía, pero al mismo tiempo establece vínculos sutiles con las demás, generando un entramado de relaciones abiertas. A lo largo de la exposición emergen alusiones al cine, la música, la escena teatral o la historia del arte, no como citas explícitas, sino como materiales desplazados, sometidos a una operación silenciosa de desarme y recomposición que vuelve extraño lo familiar.
José Miguel Pereñíguez (Sevilla, 1977) es licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, con especialidad en pintura, aunque su práctica se ha desarrollado de manera transversal entre el dibujo, la escultura y las artes aplicadas. A lo largo de su trayectoria ha expuesto individualmente en espacios como la galería Luis Adelantado, Michel Soskine, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo o la galería Rafael Ortiz, y ha sido distinguido con numerosos premios y becas.
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| Sin luz ni aviso. Fotografía por Galería The Goma. |
Uno de los elementos más singulares de la exposición es el texto de sala, escrito por el propio artista y disponible en formato impreso para el visitante. Lejos de cumplir una función introductoria o explicativa, el texto opera como una obra más dentro del conjunto. Se trata de una reflexión densa y compleja sobre la forma, entendida como una estructura que organiza, pero también violenta; que permite conocer al mismo tiempo que encubre. El texto es ambicioso y sugerente, aunque su densidad filosófica puede resultar exigente y dejar fuera de comprensión a parte del público. En este sentido, se echa en falta la presencia de información complementaria —por ejemplo, algunos datos sobre la trayectoria del artista o sobre el contexto de las obras— que ayude a situar la muestra sin reducir su complejidad. Aquí, texto y obras no se explican mutuamente: avanzan en paralelo, manteniendo una distancia productiva.
Al mismo tiempo, los dibujos que
integran la exposición no funcionan como estudios preparatorios ni como
bocetos, sino como espacios de reflexión autónomos. Su factura es exquisita, de
un cuidado extremo, y el virtuosismo técnico de Pereñíguez se impone como uno de los aspectos más contundentes de la muestra. En varios casos resulta difícil identificar
las obras como dibujos: es necesario acercarse mucho para advertir que no se
trata de impresiones, sino de superficies trabajadas con carbón y lápiz con una
precisión extraordinaria. Esta atención al detalle se extiende también al
montaje. Cada obra cuenta con su propio espacio, su aire, su distancia justa
respecto de las demás. Los marcos de madera, sobrios y cuidadosamente elegidos,
no compiten con las piezas, sino que las sostienen con discreción.
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| A la izquierda, Entre los sueltos caballos (2025). A la derecha, le mot d'enigme (Fernando Villalón) (2012). Fotografía por Galería The Goma |
En obras como Le mot d’énigme
(Fernando Villalón) (2012) o El luto (2025) se hace visible uno de
los rasgos más significativos de la producción de Pereñíguez: la presencia de
lo local como campo de resonancias culturales. La referencia a Fernando
Villalón introduce una figura compleja de la tradición andaluza, poeta y ganadero
sevillano, mientras que la aparición del toro activa un imaginario
profundamente arraigado en ese mismo territorio.
Otro elemento importante en la
obra de Pereñíguez es el título, que en muchos casos funciona como un guiño o
como una vía de aproximación a aquello que se representa, pero nunca como una
clave cerrada. Un ejemplo claro es The studio (stuff with guest star Francis
Francine) (2018). Francis Francine fue una figura del cine underground
estadounidense, conocida, entre otras apariciones, por su participación en Lonesome
Cowboys (1968), la película dirigida por Andy Warhol en la que encarnaba a
un sheriff drag. La imagen se presenta casi como un collage: junto al personaje aparecen la mesa
del estudio y diversos elementos del taller del artista. Regla, escuadra,
superficies medidas, formas geométricas; todo remite a un sistema de
organización basado en la forma, la proporción y la medida.
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| The studio (stuff with guest star Francis Francine) (2018) Fotografía por Galería The Goma |
En esta obra, como en gran parte de su producción, la geometría aparece como un instrumento para dar cuenta de otras realidades, más inestables y difíciles de aprehender. El propio artista ha señalado cómo ese trabajo de traducción, de búsqueda de equivalencias entre lo real y su articulación visual, conduce siempre a un resultado equívoco. La mesa de trabajo se convierte así en una suerte de altar donde se exhiben las obsesiones que atraviesan su práctica: no solo la geometría como herramienta sino como un sistema casi sagrado de ordenamiento del mundo.
La presencia de la máscara, especialmente en obras vinculadas a colaboraciones escénicas con el bailaor Andrés Marín, vuelve a poner en juego una de las ideas centrales que recorren la exposición y que el propio artista desarrolla en su texto de sala: la forma como instancia que organiza la mirada y, al mismo tiempo, interrumpe aquello que pretende mostrar. La máscara no funciona aquí como adorno ni como recurso teatral, sino como una figura de la representación misma. Toda imagen implica una operación de selección y de ocultamiento; toda forma es una construcción parcial que se sostiene sobre artificios. En este sentido, la exposición pone en evidencia que la forma no ofrece un acceso transparente a la realidad, sino un entramado de desvíos y mediaciones a través del cual nos aproximamos a ella.
Desde esta perspectiva, las obras no buscan narrar una
historia ni ofrecer una lectura cerrada. La posible narración cede ante una
reflexión más profunda sobre la génesis y el estatus de la imagen, lo que les
confiere un carácter, en ocasiones, hermético. No se trata, sin embargo, de un
hermetismo vacío, sino de una presencia latente, algo suspendido que no termina
de resolverse y que, precisamente por eso, retiene la mirada.
Sin luz ni aviso obliga a
detenerse, a mirar con atención, a aceptar la incomodidad del enigma. En un
tiempo marcado por la sobreabundancia de imágenes y la velocidad del consumo
visual, esa invitación a la lentitud y a la incertidumbre se vuelve, quizá, uno
de sus gestos más elocuentes.
María Candelaria Nesossi Meza
Diciembre, 2025




Muy bien, Candela. Me gusta más tu crítica que la propia exposición.
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