Feísmo y furia: la mirada corrosiva de Patricia Gadea

 


      Bum!, 2025. Maisterravalbuena, Madrid, España

¡Boom!
Patricia Gadea
11/09/2025-15/11/2025
Galería Maisterravalbuena
C. del Hospital, 8. Madrid.

¡Bum! Así, con una acertada precisión onomatopéyica, la galería Maisterravalbuena titula su última muestra de la madrileña Patricia Gadea (1960-2006), que estuvo abierta al público desde el 11 de septiembre hasta el pasado 15 de noviembre de este año.

La exposición hace un trazado de las casi treinta décadas de producción de la artista con una selección de piezas concisa pero que condensan, con exactitud, los principales ejes sobre los que pivotó Gadea. Los lienzos, casi salpicados contra las paredes y la aparente arbitrariedad en su disposición generan un cruce fragmentario entre las piezas que alcanza una coherencia pertinente. La ausencia de relato curatorial termina funcionando como una decisión productiva que desplaza el foco hacia la propia elocuencia de las piezas mismas, demostrando el carácter independiente de una obra siempre escéptica ante los circuitos del arte institucional.

El gran lienzo que recibe frontalmente al visitante es Ritmo del mundo (1984), una especie de mapamundi en la que una suerte de masa espectral policéfala sostiene a un pequeño planeta tierra —del que se desprenden paisajes urbanos y selváticos— que intenta ser absorbido por una aspiradora sujeta a una España antropomorfa. Ya a mediados de la década Gadea consolida un lenguaje del que no se desprendería: uno que ridiculiza el statu quo a través del feísmo, o un feísmo que encuentra en el statu quo unas afinidades a las que mimetizar. En una primera lectura la intención es clara: la artista encara las contradicciones del discurso de una España en democracia experimental que se adhiere y sigue reproduciendo las endémicas exigencias neocoloniales del neoliberalismo. Gadea lo materializa buscando la suciedad; compone imágenes desequilibradas, desentonadas, que, sin serlo, adquieren una especie de tono de boceto permanente que confrontan de forma directa la idea de “buen gusto” que tanta repulsión causaba a la madrileña. El feísmo es, así, un posicionamiento, uno que, además, la aleja aún más de la Nueva Figuración Madrileña, fenómeno en el que se la suele encuadrar y con el que mantiene más fricciones que afinidades.



     Ritmo del mundo, Patricia Gadea (1984) Foto: Maisterravalbuena


La pulida acidez de Gadea no es caprichosa, surge de los residuos de una España posdictatorial en la que la apropiación de la iconografía tardofranquista se volvía habitual (así lo vemos el figurativismo irónico de Eduardo Arroyo o la crudeza desvergonzada en las historietas de Carlos Giménez). Bar Churrúpez (1988) o Sin título (Boom!, 1986) forman parte de esa irónica deuda con el imaginario popular gráfico que la pintora recupera, distorsiona, emborrona y rearticula en sus composiciones satíricas. Las hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón o Súper López sirven como conatos de piezas que maneja con una inminencia explosiva y que no abandona pese a su breve traslado a Nueva York, ciudad en la que, más bien, afianzaría casi con un afán reivindicativo, sus códigos plásticos y discursivos.



     Bar Churrúpez, Patricia Gadea (1988) Foto: MNCARS
     Abajo: Sin título, Serie Circo (1991-1994) Foto: Autoría propia


En la metrópoli yankee nace Estrujenbank, proyecto con el que compartiría años de producción artística colectiva junto a Dionisio Cañas, Mariano Lozano y, quien fuera su pareja durante varias décadas, Juan Ugalde. Resultaría incompleta, incluso injusta, una lectura del trabajo de la artista sin hablar de su implicación en el grupo, cuyo nombre parainstitucional (tomado de una serie de piezas y acciones que realizaron en sus inicios en las que figuraba una especie de entidad bancaria ficticia, homónima) ya nos indica su compromiso con la burla irreverente y ácida a las lógicas de poder, consumo y espectacularización y que Gadea desarrollaría individualmente en piezas como las de su serie Circo. La que presenta Maisterra Valbuena, de 1992, es para mí uno de los lienzos que mejor condensa su hacer metapolítico, corrosivo y contestatario. La materialidad de Gadea se despliega sobre una precariedad ensimismada. La actitud precede al lienzo: compone Circo a partir de pósteres de espectáculos circenses que encuentra en la calle, con los que compone e interviene sus piezas en acrílico, siempre acrílico, como arma desacralizadora de la pintura. En Sin título (1992)que sucede de una voluntad decididamente iconoclasta e intransigente, Gadea arremete contra su España contemporánea, la de los fastos del 92, que con un exuberante sentido aperturista buscaba incrustarse en las lógicas neoliberales occidentales con un exagerado e insistente optimismo que ya Gadea observaba con una picardía escéptica. Así, se adueña y estira casi hasta el fin de sus posibilidades discursivas la imagen del circo (ya lo suficientemente elocuente como para que haya posibilidades de malinterpretación). El circo es, así, un anuncio de desolación: un ejercicio impostado de abrillantamiento dentro de una marginalidad melancólica que Gadea usa con facilidad para ejercer una burla áspera y frontal.

La galería propone, involuntariamente, una especie de cierre silencioso en la segunda sala. Ahí, Maisterravalbuena coloca algunas de las últimas piezas de la madrileña. Reducidas en tamaño, respondiendo a la ausencia de un estudio (Gadea se traslada a un centro de desintoxicación en Palencia), la pintora abandona notablemente la estridencia cromática y matérica por una turbia y estancada. Reduce la beligerancia y la desplaza para contenerla dentro de una serie de ejercicios de exploración introspectiva sin abandonar del todo las alusiones mordaces a lo que ocurre fuera del cuerpo. Comienza a surgir un cierto interés por la subordinación de la experiencia femenina, una vez más, sin comprometerse con nada, sin la voluntad de alinearse con ningún hacer propiamente feminista.

Así, el único compromiso de Gadea es dinamitar la superficie misma de la pintura y someter al espectador a un asalto que no deja resquicio para la complacencia. Concebía la pintura como “un campo de batallas” y decía pintar teniendo “tijeras en los ojos”. La disposición de las piezas es en sí misma cortante y agujereada, opera tal y como ella misma se enfrentaba a su práctica. Nada en Patricia Gadea es inocuo, tal vez, exageradamente descarnado, ofreciendo poco espacio para objeciones. Y, tal vez, ese propósito es urgentemente oportuno. La selección que escoge Maisterravalbuena demuestra con precisión, y sin necesidad de excesos autocomplacientes, las aristas de un lenguaje polisémico que diluye las conformidades público-personales y convierte todo en un dispositivo de ataque, minado, inminentemente explosivo.

Martina Marrero

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares