Feísmo y furia: la mirada corrosiva de Patricia Gadea
La exposición hace un trazado de
las casi treinta décadas de producción de la artista con una selección de
piezas concisa pero que condensan, con exactitud, los principales ejes sobre
los que pivotó Gadea. Los lienzos, casi salpicados contra las paredes y la
aparente arbitrariedad en su disposición generan un cruce fragmentario entre
las piezas que alcanza una coherencia pertinente. La ausencia de relato
curatorial termina funcionando como una decisión productiva que desplaza el
foco hacia la propia elocuencia de las piezas mismas, demostrando el carácter
independiente de una obra siempre escéptica ante los circuitos del arte
institucional.
El gran lienzo que recibe frontalmente al visitante es Ritmo del mundo (1984), una especie de mapamundi en la que una suerte de masa espectral policéfala sostiene a un pequeño planeta tierra —del que se desprenden paisajes urbanos y selváticos— que intenta ser absorbido por una aspiradora sujeta a una España antropomorfa. Ya a mediados de la década Gadea consolida un lenguaje del que no se desprendería: uno que ridiculiza el statu quo a través del feísmo, o un feísmo que encuentra en el statu quo unas afinidades a las que mimetizar. En una primera lectura la intención es clara: la artista encara las contradicciones del discurso de una España en democracia experimental que se adhiere y sigue reproduciendo las endémicas exigencias neocoloniales del neoliberalismo. Gadea lo materializa buscando la suciedad; compone imágenes desequilibradas, desentonadas, que, sin serlo, adquieren una especie de tono de boceto permanente que confrontan de forma directa la idea de “buen gusto” que tanta repulsión causaba a la madrileña. El feísmo es, así, un posicionamiento, uno que, además, la aleja aún más de la Nueva Figuración Madrileña, fenómeno en el que se la suele encuadrar y con el que mantiene más fricciones que afinidades.
La galería propone, involuntariamente, una especie de cierre silencioso en la segunda sala. Ahí, Maisterravalbuena coloca algunas de las últimas piezas de la madrileña. Reducidas en tamaño, respondiendo a la ausencia de un estudio (Gadea se traslada a un centro de desintoxicación en Palencia), la pintora abandona notablemente la estridencia cromática y matérica por una turbia y estancada. Reduce la beligerancia y la desplaza para contenerla dentro de una serie de ejercicios de exploración introspectiva sin abandonar del todo las alusiones mordaces a lo que ocurre fuera del cuerpo. Comienza a surgir un cierto interés por la subordinación de la experiencia femenina, una vez más, sin comprometerse con nada, sin la voluntad de alinearse con ningún hacer propiamente feminista.
Así, el único compromiso de Gadea
es dinamitar la superficie misma de la pintura y someter al espectador a un
asalto que no deja resquicio para la complacencia. Concebía la pintura como “un
campo de batallas” y decía pintar teniendo “tijeras en los ojos”. La
disposición de las piezas es en sí misma cortante y agujereada, opera tal y
como ella misma se enfrentaba a su práctica. Nada en Patricia Gadea es inocuo,
tal vez, exageradamente descarnado, ofreciendo poco espacio para objeciones. Y,
tal vez, ese propósito es urgentemente oportuno. La selección que escoge
Maisterravalbuena demuestra con precisión, y sin necesidad de excesos
autocomplacientes, las aristas de un lenguaje polisémico que diluye las
conformidades público-personales y convierte todo en un dispositivo de ataque,
minado, inminentemente explosivo.
Martina Marrero




Muy bien, Martina. Dispositivo de ataque minado y explosivo.
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