Dos fuerzas gobiernan, a menudo en conflicto, la práctica artística: la mano que ejecuta con intención y el accidente que surge sin previo aviso. No obstante, la última cita cultural de Madrid las presenta, rompiendo la tónica, como dos caras de la misma moneda, proponiendo la viabilidad de que la precisión técnica y lo fortuito compartan, en armonía, las mismas coordenadas.
En el corazón de la capital, el Palacio de Cibeles se ha consolidado, a través de CentroCentro, como un foco cultural de primer orden. La línea expositiva de la institución teje un diálogo intergeneracional, consolidando a autores de media carrera, dando espacio al talento emergente y recuperando a grandes referentes en activo ausentes del circuito madrileño reciente. En esta línea se inscribe el último proyecto materializado en su quinta planta bajo el título Hacer y azar: una monumental retrospectiva de Juan Navarro Baldeweg (Santander, 1939) que, lejos de amontonar piezas, funciona como un ensayo visual que explora la naturaleza misma del acto creativo.
Baldeweg representa una excepción notable en el panorama cultural español y, por extensión, europeo, pues se ha mantenido fiel a una visión renacentista e integradora donde toda escisión es artificial. Sus estudios académicos ya presagiaban esta dualidad: formado inicialmente en el grabado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y posteriormente doctorado como arquitecto en la Politécnica de Madrid, su trayectoria elude la etiqueta única.
Entrada a la exposición Hacer y azar en CentroCentro. Foto: CentroCentro.
Sin embargo, el punto de inflexión que define su cosmogonía artística nace de su estancia en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) durante la década de los setenta. Fue allí, en el diálogo con la ciencia y la tecnología, donde Baldeweg se convirtió en un fenomenólogo de lo intangible. Su obra, galardonada con los máximos reconocimientos nacionales tanto en Artes Plásticas (1990) como en Arquitectura (2014) (una doble corona que pocos ostentan), se ha desarrollado desde entonces como una investigación continua sobre las fuerzas invisibles de nuestro entorno: la capacidad escultórica y emotiva de la luz, la gravedad como ordenadora de la masa y la interconexión de energías e información.
La exposición, comisariada por Ignacio Moreno Rodríguez, evita la tentación de la cronología lineal para proponer un recorrido rizomático, organizado por resonancias temáticas que se extienden durante más de seis décadas. El título, Hacer y azar, opera como el eje conceptual que vertebra toda la visita. Estos dos términos, aparentemente antagónicos, definen la dialéctica del artista: el hacer como gesto técnico y deliberado; y el azar como la aceptación de las leyes naturales, lo imprevisible, aquello que sucede cuando la materia queda liberada a su propia suerte gravitatoria.
Al adentrarse en la sala, el visitante se encuentra inmerso en un ecosistema de piezas que dialogan entre sí con una fluidez que anula todo anacronismo. Desde las pinturas seminales de los años sesenta con referencias estéticas al expresionismo abstracto, hasta producciones fechadas en 2025, la muestra despliega un abanico de soportes que incluye pintura, escultura, fotografía, instalación y maquetas arquitectónicas. Uno de los ejes fundamentales que atraviesa la muestra es la ineludible presencia del cuerpo como medida y receptor de la experiencia artística. Esta dimensión somática se hace patente en sus lienzos, donde la pintura actúa como registro sismográfico de la mano y la composición se ancla obsesivamente al nivel de los ojos. Del mismo modo, sus piezas tridimensionales funcionan como dispositivos de llamada: su materialidad y forma reclaman la presencia del otro, incitando al visitante a abandonar la pasividad y entrar en juego con la gravedad y el equilibrio como ocurre en el inicio del recorrido con Aro dorado (1973-99) y Aro (2002).

Vista de la exposición Hacer y azar con Aro dorado (1973-99) y Aro (2002). Foto: CentroCentro.
Destacan también en esta primera parte la instalación Interior II, 1973 (Versión 2009-2025), fundamental por funcionar como génesis de un abecedario conceptual que se reiterará a lo largo de toda la carrera artística de Baldeweg; y las obras conceptuales El columpio (Luz y metales) (1976) y La columna y el peso (1973). Estas dos últimas fueron desarrolladas como parte del proyecto que llevó a cabo en el MIT.
La columna y el peso (1973). Foto: CA2M.
Adicionalmente, la muestra cuenta con planos y maquetas que permiten que la obra arquitectónica más notable del artista se encuentre presente en el conjunto de la retrospectiva, entre ellos la Biblioteca Hertziana en Roma, la sede de la empresa Novartis en Basilea y el Museo de Altamira. Resulta fascinante observar cómo el diseño expositivo logra que estas maquetas arquitectónicas convivan con series pictóricas de gran formato y esculturas móviles. Es especialmente revelador el diálogo establecido entre el tratamiento de la luz en pinturas como Estanque II y Mar II (2012) y la investigación formal de las Estructuras de luz cenital (1990-98) que se traducen en lucernarios en su obra construida. Este enfrentamiento en el espacio evidencia que, en el universo del artista, la obra pictórica y la producción arquitectónica operan bajo una idéntica lógica estructural. Hablamos de un corpus de ideas nómadas que, tras germinar en un medio, colonizan otro, o que, de lo contrario, son abordadas simultáneamente desde las distintas lógicas que impone cada soporte.
Estanque II y Mar II (2012) frente a las Estructuras de luz cenital (1990-98). Foto: CentroCentro.
Como broche final, se recorre la producción de las dos últimas décadas, enriquecida con piezas elaboradas expresamente para esta exposición. Cabe señalar que, a pesar de la diversidad técnica desplegada, es la pintura la que se erige como testigo privilegiado: el espacio donde el azar marca con mayor claridad su rastro sobre la tela.
La solvencia conceptual de Hacer y azar, unida a la elocuencia con la que dialogan piezas dispares, avala sobradamente la pertinencia de esta muestra. Resulta estimulante hallar retrospectivas que, eludiendo las narrativas lineales convencionales, logran ser fieles a la complejidad de un creador tan polifacético. En un contexto dominado por la vorágine de la imagen efímera, Baldeweg impone una pausa necesaria para la contemplación de los procesos. La exposición demuestra una coherencia interna excelente: lejos de desdibujarse, el discurso se vertebra y fortalece a través de la propia heterogeneidad de los medios.
En tal sentido, la muestra acierta al hacer tangible una idea sutil: el proceso artístico trasciende la imposición técnica para establecer una dialéctica con la materia, situando la experiencia estética en la intersección entre el control y la contingencia. Sin embargo, la narrativa visual funciona mejor que la escrita. Para el público ajeno a la trayectoria polifacética de Baldeweg, el salto entre las piezas conceptuales, arquitectónicas y pictóricas puede resultar abrupto, pues la mediación textual de la sala no logra explicitar unas conexiones que, paradójicamente, el montaje espacial sugiere de manera impecable.
Si bien, lamentablemente es cierto que las carencias del texto de sala velan el razonamiento discursivo que la propuesta merece, el veredicto final es positivo: en última instancia, asistimos a la consagración de un alquimista moderno. Esta retrospectiva trasciende el mero repaso a una trayectoria brillante para erigirse en un refugio de resistencia visual. Juan Navarro Baldeweg logra aquí que la pintura adquiera estructura y la arquitectura se vuelva lírica, articulando un espacio donde lo planificado y lo inesperado se revelan, finalmente, como cómplices inseparables.
Por Maia Larrea Pérez
Diciembre de 2025
Navarro Baldeweg: Hacer y azar
Juan Navarro Baldeweg (Santander, 1939)
Comisariada por Ignacio Moreno Rodríguez
CentroCentro, Planta 5. Plaza Cibeles, 1, Madrid
Del 12 de junio al 2 de noviembre de 2025
Muy bien. Acaso señalar el juego de tensiones (el peso y la gravedad, el magnetismo y la luz, etc.)
ResponderEliminar