La obra situada de Sonia Navarro en "Algo barroco sin serlo"
Sonia Navarro presenta una selección concisa de piezas que permiten identificar, sin concesiones narrativas, los procedimientos y problemáticas que estructuran su práctica artística. La artista murciana, que goza ya de un largo recorrido expositivo dentro y fuera de nuestras fronteras, estudió Bellas Artes en la Universidad de Granada y realizó, posteriormente, un Máster en Fotografía. Navarro insiste en cómo, antes de descubrir sus inclinaciones creativas, ya había aprendido a coser de la mano de sus tías y abuelas. Esta herencia afectiva se erige como un eje fundamental desde el que explora las áreas con las que mantiene un interés sensible: la experiencia doméstica y rural ligada al trabajo femenino, silencioso y maltratado por la historia.
Así lo atestigua la homónima pieza que recibe al espectador,
Algo barroco sin serlo, concebida ad hoc para la ocasión. El título
posiciona conceptualmente la muestra, aludiendo al barroco como lógica formal y
vehiculando la intencionalidad que deposita Navarro en la pieza. Huyendo de las
evidentes reminiscencias del horror vacui que evoca con facilidad un
término tan elocuente, la artista se sitúa en una acepción estructural del
barroco, entendida no como estilo ni exceso ornamental, sino como sistema de
pliegues, torsiones y continuidades que desbordan la superficie y activan una
gran exhibición de profundidades materiales y perceptivas. La pieza, de un rojo
chillón y áspero, hace un guiño a las tesis deleuzianas (El pliegue. Leibniz
y el Barroco, 1988, Les Éditions de Minuit) mientras cumple una doble
función: la de monumentalizar con el gesto retorcido lo cotidiano. Navarro
moldea el esparto con decisión frontal, la de evidenciar las materialidades y
gestualidades intrínsecas a lo rural como dispositivos de pensamiento. El esparto
no remite aquí a la nostalgia del campo ni a una estetización de sus oficios:
se presenta como materia activa, resistente, forzada hasta el límite de su
comportamiento. La pieza no suaviza ni simboliza, impone. En esa imposición, lo
cotidiano deja de ser reconocible como uso para afirmarse como estructura,
negando cualquier lectura decorativa o evocativa.
Desde esta lógica estructural, la segunda pieza no amplía el gesto inicial, sino que lo somete a presión. Navarro nos presenta, así, una gran jarapa de algodón intervenido con confecciones a hilo deshilachadas, que forman patrones irregulares superpuestos y generan una sensación procesual, inacabada pero a la vez autosuficiente. Navarro extrae lo doméstico de su función habitual y lo verticaliza. Así, de nuevo, con esta especie de alfombra áspera, tosca y sin refinamientos, la artista reconfigura el estatuto del material, volviendo escultórico el hacer agrícola. La pared deja de actuar como soporte para convertirse en un espacio de fricción entre arte y oficio. Eleva del suelo la alfombra y anula su funcionalidad: ya no se pisa. Eleva, así, el textil como un archivo de gestos repetidos y trabajo silencioso.
Navarro introduce un diálogo entre piezas aparentemente distantes, presentando un collage textil de pequeñas dimensiones frente a la gran jarapa roja. Frente a esa monumentalidad contenida, la pequeña pieza concentra la atención en el detalle, en la sutileza de la textura y la tensión de los retales. Navarro, siempre consciente de la articulación de sus inicios plásticos, describe cómo sus primeros trabajos manuales se construían a partir de recortes y deshechos de las manufacturas de su madre. La artista murciana evidencia esa herencia aquí, componiendo con tela de PVC e hilo, proponiendo una imagen que se construye desde fragmentos inacabados en sí mismos, pero sólidos en su conjunto. Según palabras de Navarro: “Antes de ni siquiera conocer la palabra reciclar, en mi casa se reutilizaba todo”. La economía de medios, que vuelve a hacer un guiño al modus vivendi agrícola, impone un régimen de lectura cercano, casi táctil, que convierte el acto de mirar en un ejercicio de concentración y reconocimiento de la materialidad. A partir del collage, Navarro construye una pieza que opera desde las lógicas impulsadas por una vivencia local y agrícola: el aprovechamiento y la expansión de las posibilidades de la materia. La pieza huye de la espectacularidad y encuentra su fuerza en la densidad de lo pequeño, en la evidencia de su proceso y en la decisión de situar al espectador frente a la intimidad de lo trabajado.
Algo barroco sin serlo evidencia cómo Navarro
articula un conocimiento situado que va mucho más allá de la mera práctica
artesanal. Así, demuestra que estos gestos no requieren intermediarios
simbólicos. Su materialidad activa un diálogo directo entre el espectador y el
objeto, que impulsa un estrechamiento entre un acercamiento visual y táctil. Atendiendo
a las implicaciones de género que recogen las prácticas textiles, Navarro
trabaja desde el conocimiento situado —en diálogo con las herencias y los
haceres vinculados a las prácticas rurales y domésticas femeninas— para
desplegar estrategias de composición y manipulación de materiales que organizan
la obra desde dentro, desde sus propios valores intrínsecos.


Has olvidado dos cosas importantes: la firma de la reseña y la ficha técnica de la exposición.
ResponderEliminarSin firma no te puedo calificar.
EliminarEntender la obra de Sonia Navarro tan solo en el contexto de lo rural, lo ecológico y lo femenino supone ignorar su relación con los lenguajes del arte contemporáneo, especialmente con el constructivismo ruso. La seducción de estas piezas reside en ese encuentro afortunado. La referencia a Deleuze es correcta, pero tangencial.
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