Más allá de lo cotidiano: Alfredo Alcaín. Una Retrospectiva
Me dispongo a salir de casa, escuchando el rugido de la primera tormenta del otoño. Con los pantalones calados y el metro abarrotado, entro a Alcalá 31 con un aspecto lamentable. Soy bienvenido por Mariano Navarro, el comisario, y un grupo dispar de oyentes de todas las edades y procedencias. Incluso con la humedad llegando hasta el hueso, me siento como en el salón de casa: Todos estamos en las mismas, todos hemos pensado dos veces antes de salir de casa, todos estamos calados, y aun así, todos estamos ahí.
Mariano comienza su charla con un rostro agridulce, nos dice que nos preparemos, nos avisa de que en algún momento se va a emocionar. Nos confiesa que, al igual que la obra de Alcaín ha acompañado a Alcaín toda su vida, Mariano se ha visto acompañado de su obra durante toda su trayectoria. Mariano conoce la obra de Alcaín en la adolescencia, en el vibrante panorama artístico español de los años setenta. Frecuentan los mismos espacios, conocen a las mismas personas, dialogan sobre la situación política que a todos les toca vivir... Ahora, a los 73 años, con Alcaín rozando los noventa, Mariano es amigo íntimo de Alcaín. Comparten anécdotas, charlas, discusiones; y finalmente: una retrospectiva de la obra de un autor muy personal.
Alfredo Alcaín, Mariano Navarro y Mariano de Paco Serrano (Consejero de Cultura) frente a ‘Cézanne, Petit Point’.
Entramos en la sala principal. Para Mariano, la joya de la corona: ‘Cézanne, Petit Point’. He de admitir que la primera vez que entré en esa sala, no me interesó en lo más mínimo; y sigo creyendo que fuera de contexto es extremadamente desconcertante: una serie al estilo de las reproducciones de Andy Warhol de un bodegón normal y corriente. Nada emocionante. Colores estridentes, a menudo disonantes. Pero, si entendemos la trayectoria y la simbología de Alcaín, esta serie cobra nueva vida. Nos introduce al bodegón: el estilo más bajo de las bellas artes. Soso, mundano y casero. Naturaleza muerta. Y aun así, este cuadro logró cautivar a toda una generación de pintores: los impresionistas. Pintores los cuales reproducían, emulaban, copiaban y distribuían reinterpretaciones de esta obra desapercibida, pero pivotal en la historia del arte europeo decimonónico. Alcaín ve ahí un discurso, una continuidad, una luz brillante en un envoltorio de papel de chicle; desechable y de estar por casa.
Esta serie sería el comienzo de su viaje a la abstracción, donde el bodegón pasaría a ser uno de los motivos principales de su obra, "diluyéndose formalmente" hasta acabar en palitos de colores rodeados de cuidadosas líneas realizadas con un cariño y un pulso imposible para alguien de 89 años. Juega con el bodegón hasta su última consecuencia, dándole volumen, rodeándolo de su día a día: botellas de anís, cafecitos, periódicos... Lo hace con madera, con hierro, con cerámica, con figuritas, con todo lo que le ha dado toda una vida para probar y experimentar.
Visión de la exposición con las obras más recientes de Alcaín
Alcaín lleva toda su vida pintando a diario, a menudo bajo las mismas condiciones; y aun así, cuando entras a la exhibición, parece que se trata de numerosos artistas diferentes. Subimos al segundo piso y nos encontramos con el Alcaín más reconocible, el de las fachadas, las bragas, los calcetines y los autorretratos. ¿Por qué Mariano ha decidido poner al Alcaín de antes, el Alcaín famoso, en segundo lugar? Porque Mariano quiere que el público entienda que Alcaín no es un pintor de la España de la transición, sino un pintor del siglo XXI. En Alcaín hay decenas de Alcaínes diferentes, con sus propias identidades, que se superponen, juegan, y aprenden de cada uno. Alcaín no es lineal, no es un realismo -> abstracción. Es como comer un guiso, revisitar una tienda de antigüedades o rebuscar en un baúl mágico con mil posibilidades. Pero indudablemente, todo se une con un hilo común: lo cotidiano tratado desde el humor.
Hay una frase con la que llevo peleándome desde que comencé a estudiar esta exposición. Se trata de la primera línea del texto curatorial: "Alcaín es uno de los pintores más importantes y a la vez coherentes de la pintura española del siglo XXI". La primera vez que salí de la exposición volví a leer esa frase. Me reí en voz alta. ¿Estará de broma? ¿Alcaín? ¡Su obra podrá ser muchas cosas!¿Pero coherente? Me resultó profundamente irónico. Pero, habiendo profundizado en su obra y, más importante, en él, he de decir que estoy totalmente de acuerdo con Mariano. Es coherente, pero contra todo pronóstico. ¿Cómo es posible que un pintor que pinte fachadas y ropa interior, haga esculturas absurdas, elabore abstractos en tablas de planchar, itere hasta el infinito el dichoso cuadro de Cézanne haciendo composiciones imposibles con cachitos de sí mismo, ser coherente? Pues lo logra. Porque la obra de Alcaín es él mismo: juega, aprende, desecha, prueba, se entrena y lo logra. Y todo esto con humor, humildad, y unas ganas aparentemente incansables de nunca dejar de hacer lo que hace.
Visión de la exposición con sus primeras obras.
Dicen por ahí que Alcaín sigue visitando las galerías de arte contemporáneo de Madrid. Un personaje de cómic: un señor con un sombrero pesquero y una libreta, armado hasta los dientes con una curiosidad y una perseverancia que no tiene límites. Para mí, Alcaín tiene el mismo encanto que el Bar Jose de al lado de mi casa. Es cariñosón, imperfecto, hecho con amor, a veces se pasa de sal; pero, aunque nunca ha estado 'siempre ahí' y desde luego nunca estará 'siempre ahí', de alguna forma da la impresión de que si es así. Alcaín y su obra, aunque la conocí hace nada, es de toda la vida.
Por Pablo Manuel de Juan Domínguez
Diciembre 2025
Alfredo Alcaín. Una Retrospectiva.
10 de septiembre de 2025 - 11 de enero de 2026
Sala Alcalá 31
C. Alcalá 31, 28014, Madrid.

Me sorprenden las confianzas con Mariano Navarro, al que llamas todo el tiempo Mariano, pero a Alcaín le llamas por el apellido. Tu crítica es divertida y simpática, heterodoxa. No sé si funciona como crítica. Aparte de pequeñas incorrecciones ortotipográficas, es excesivamente subjetiva y personal. Es necesario justificar el juicio de gusto.
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