Mauro Piva en Espacio Mínimo o el lenguaje de las flores

 

El efecto proustiano describe la activación involuntaria de un recuerdo a través de una asociación sensorial. Este fenómeno hace referencia a Por el camino de Swann, la primera novela de la saga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En ella, el narrador es transportado a su infancia tras oler una magdalena mojada en té. De acuerdo con Proust, nuestra memoria es inseparable de su vivencia olfativa. Pero, ¿cómo se activan estas conexiones a través de lo visual? ¿Pueden estas asociaciones servirnos para conformar también una memoria colectiva?

La última obra de Mauro Piva parece dialogar con estas preguntas. En su muestra más reciente en Espacio Mínimo, el artista nacido en São Paulo en 1977 nos anima a reflexionar sobre cómo formamos recuerdos y vínculos con lo natural. Piva, graduado en Bellas Artes por la Fundação Armando Álvares Penteado, ha trabajado con la galería en ediciones pasadas de ARCO Lisboa y Madrid, además de en su exposición "Pintura" (2017). Su obra está presente en colecciones internacionales como la JP Morgan Chase Art Collection (EEUU) y el Museo de Arte do Rio (Brasil). En sintonía con la línea expositiva de Espacio Mínimo (reconocida por su trabajo con artistas como Liliana Porter) y la obra intimista de Piva, en esta muestra se nos invita a participar en un ejercicio de observación detenida. Piva nos hace cuestionar cómo forjamos una relación visual y afectiva con las obras y lo que representan mirando.

Como Proust, Piva estructura sus ideas a partir de la memoria personal. Al entrar en Espacio Mínimo, el espectador se encuentra rodeado por una constelación de flores amarillas que parecen crecer directamente de la pared de la galería. Estas se despliegan desde la izquierda hacia la esquina de la sala a nuestra derecha, emulando el trepar de una planta de jazmín. Esta obra de 2023, Alamandas, toma su título de un tipo de flor común en los jardines brasileños. El propio artista señala su vínculo afectivo con ellas: lo transportan a su infancia, a la casa de sus abuelos, y lo arraigan en su historia familiar.


Mauro Piva, Alamandas (2023)


No obstante, las flores no están rodeadas de maleza, sino que aparecen estériles. Al mirarlas de cerca, vemos que están hechas de porcelana. Las alamandas quedan sin su aroma y su follaje representadas solo a través de su forma; han sido reducidas a un gesto visual. De esta manera, Piva enfatiza la imposibilidad de recrear el jardín de su infancia: en Alamandas, la representación visual es incapaz de recuperar la experiencia vivida. En cambio, esta se convierte en el símbolo de una infancia perdida, aunque atesorada por el artista.


Detalle de Alamandas (2023)


A la derecha, encontramos Arruda y Abre caminhos-Quebra demanda, ambas acuarelas pintadas en 2024. Las dos presentan partes del cuerpo humano (una oreja y un antebrazo) junto a brotes vegetales que, en culturas sudamericanas, son utilizados como protección espiritual. El brazo y la oreja se vuelven metonimias que representan lo humano: en estas obras, Piva se dirige al espectador de forma universal, como especie. Aun así, estas partes del cuerpo quedan en un segundo plano en las pinturas; el verde intenso de los brotes destaca sobre la paleta apagada que se usa para representar la piel humana. A través de esta estrategia visual, el artista enfatiza el peso simbólico de las plantas como objetos rituales. Sin embargo, es precisamente esta operación la que diluye el potencial de la obra. Ambos cuadros deberían adquirir sentido a través de un equilibrio visual entre lo humano y lo natural. Pero en lugar de activar una relación orgánica y recíproca entre cuerpo, planta, y la esfera espiritual que estas representan, los aspectos formales de la obra refuerzan su separación y contradicen la visión reconciliadora entre naturaleza y civilización que Piva sostiene en la muestra.


Mauro Piva, Alamandas (2023); Arruda y Abre caminhos-Quebra demanda (2024)


La segunda sala de Espacio Mínimo alberga una serie de acuarelas dispuestas en torno al espectador en un círculo. A medida que entramos en la sala, nos sentimos abrazados por la obra: su disposición evoca una noción de cercanía. Estas nueve acuarelas conforman la serie Banho (2025). Las pinturas contienen hierbas, semillas, hojas, pétalos y otros elementos naturales. Podría parecer que los elementos representados en cada cuadro son restos y fibras cualquiera. Sin embargo, Piva retrata distintas combinaciones de preparados vegetales empleados en rituales de comunidades indígenas brasileñas. El artista pinta estos elementos de manera aparentemente azarosa para evitar catalogarlos científicamente. Este gesto es una declaración de intenciones: Piva rechaza imponer una mirada extractivista sobre las prácticas indígenas.

 

Mauro Piva, parte de la serie Banho (2025)

En cada trazo se percibe respeto y cuidado, un interés por capturar la complejidad no solo de la fisonomía de estos materiales, sino también de las dinámicas sociales y rituales a través de las que estos preparados se usan. Se puede entender el gesto de Piva como un intento de devolver agencia a estas formas indígenas de conocimiento. Al situarnos en el centro de la sala, nos volvemos partícipes de una historia basada en creencias y prácticas que desbordan los límites de lo racional. Es a través de esta serie que la memoria se puede concebir como experiencia compartida y cultural.

Finalmente, la sala del sótano de la galería parece casi vacía, excepto por tres manchas de color en el centro de cada pared. Aquí encontramos tres esculturas de porcelana elaboradas en 2025, la serie Amor perfeito. Regresamos a la imagen de la flor: son tres pares de pensamientos de distintos colores que se entrelazan colgando de la pared. Estas obras requieren una mirada no solo atenta, sino empática. Su verticalidad, la diferenciación entre flor (cabeza) y tallo (cuerpo), y el gesto romántico de su “abrazo”, invitan al espectador a proyectarse en ellas. A través de esta metáfora visual, las flores quedan personificadas y nos devuelven un reflejo de lo humano en la naturaleza. Piva estudia cómo amamos y cómo nos cuidamos unos a otros a través de la imagen de las flores entrelazadas, utilizándolas como un vehículo para reconectar con la belleza y armonía que solemos desatender en lo natural.


Mauro Piva, Amor perfeito (entrelassados III) (2025)

Mauro Piva no deja al espectador indiferente. Aunque su trabajo escultórico en porcelana roza lo cursi, especialmente por su énfasis en lo sentimental, su estética no invalida su propuesta, sino que forma parte de su visión optimista y preciosista del entorno. Piva responde a Proust con una defensa de lo visual como puente entre la imaginación y la acción capaz de despertar nuestra conciencia individual y de grupo. A través de la exposición, no solo transformamos nuestra forma de mirar, sino que repensamos nuestra manera de vivir en sociedad y habitar la naturaleza, así como los vínculos que construimos en ambos ámbitos.


Por Iker Veiga Lucena

Diciembre de 2025

Del 11 de septiembre al 8 de noviembre de 2025

“Mauro Piva”, Mauro Piva

Exposición comisariada por Luis Valverde y Óscar López 

Galería Espacio Mínimo - Calle del Doctor Fourquet, 17, 28012, Madrid

Comentarios

  1. Muy bien Iker. Sí que roza lo cursi, sí. No sé si realmente es un arte que nos permita repensar nuestra manera de vivir en sociedad y habitar la naturaleza. Yo no sentí esa complicidad que tú requieres del espectador.

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