Sea como sea el recuerdo: Luis Claramunt. Sevilla.

 

Siempre que me acuerdo de algo

Siempre lo recuerdo un poco diferente

Y sea como sea ese recuerdo

Siempre es verdad en mi mente

Memória. ROSALÍA


Los versos de esta canción resuenan como un mantra mientras camino por primera vez por las salas de la Galería Erhardt Flórez. No es una cita casual: en esta exposición dedicada a la etapa Sevillana de Luis Claramunt, la memoria -sus deformaciones, sus cortes, su vacío- se revela como el auténtico territorio pictórico del artista. Cada cuadro conforma las líneas temblorosas de un recuerdo que, al ser reclamado en el lienzo, se recompone, varía, insiste y reverbera como aquella canción que quedó atrapada mi pensamiento.

La muestra Luis Claramunt. Sevilla se construye sobre un momento crucial en la trayectoria de un pintor que, pese a trabajar apenas tres décadas, desde 1970 hasta los 2000, dejó una producción intensa y profundamente personal. Hijo de una familia culta de clase media, Claramunt rompió pronto con sus orígenes burgueses para lanzarse a la vida bohemia barcelonesa de los años setenta. Se puso en contacto con la comunidad gitana, de la que adoptó muchos hábitos, se aficionó a los toros, a las luchas de gallos, a las tabernas y a lo que él llamaba “el lado duro de las ciudades” y se convirtió en una figura conocida dentro de los ambientes marginales del barrio. Ya fuera invierno o verano, Claramunt salía a la calle enfundado en el personaje que él mismo había creado: “con la misma chaqueta negra y los cabellos completamente pringados de aceite de oliva, como un patriarca gitano”.

Su obra está profundamente ligada a las ciudades donde vivió -Barcelona, Sevilla, Madrid y Marrakech- pero, sobre todo, a cómo las vivió. Esta exposición compila una serie de obras que realizó en 1985, cuando se establece definitivamente en Sevilla. La pintura desarrollada allí constituye un punto de inflexión determinante a nivel pictórico, temático y compositivo frente a la densidad matérica y la figuración oscura de su etapa barcelonesa. En este sentido, en su producción sevillana como en Bar de alterne y en La mezquita se comienza a apreciar en Claramunt algo diferente. Aparece progresivamente en sus cuadros una materialidad y un sentido de espacial distinto al que venía haciendo, también una nueva manera de situar a las figuras en el espacio y una ruptura con la gravedad que pesaba sobre sus escenas anteriores. Teresa Lanceta, su pareja en el momento de esta producción, lo describía como un viaje “que no tuvo retorno”. Cuando terminó esta serie, cuenta Lanceta, que Claramunt llegó a enfermar debido a la tremenda inversión física y emocional que volcó en estas obras. Sevilla le exigió un cambio y la pintura lo registró.  

Luis Claramunt. Sevilla, "Bar de Alterne", 1985, Galería Ehrhardt Flórez.

Para Claramunt el arte no era tanto una cuestión de originalidad sino una cuestión gráfica. Así lo expresó él mismo en su conversación de 1986 con Kevin Power: “Me he centrado en los problemas de perspectiva, de trazo, y de espacio principalmente. El utilizar esporádicamente otros elementos de lenguaje me resulta en muchas ocasiones añadir algo superfluo. Mi intención ha sido crear, utilizando términos arquitectónicos, una estructura lo más sólida y al mismo tiempo, lo más ligera posible”. Por ello, en este conveniente paseo por los distintos espacios de la Galería Ehrhardt Flórez, se aprecia cómo figura y arquitecturas en Claramunt parecen estar integradas constantemente en un movimiento que las hace pertenecer a un mismo paisaje.

Sin duda, el núcleo de la exposición aparece en la última sala donde se despliegan cinco lienzos de dos por tres metros de tonos azules, grises, negros y amarillos turbios: El puente de Basel, Guadalquivir Negro, Calle Betis, La taberna y Calle de Sevilla. La ciudad de Sevilla trae a la obra del artista una paleta sorprendentemente reducida y concentrada. En Guadalquivir Negro, por ejemplo, se contrapone el caudal amarillento del río frente a sus desafiantes márgenes casi como materializando la lucha entre peso y ligereza, entre forma y sensación. Claramunt parte en estos trabajos de la mancha. Una mancha hecha, según sus propias palabras, “sin esquema previo, hecha sin sentido, y luego extrayendo de ella una idea, una sensación y acoplándola a un recuerdo; en suma, mezclando dos realidades, una más directa, el accidente fortuito, y otra no menos real, la que pueda dar la voluntad, la memoria, la memoria inconsciente”. En obras como El puente de Basel se revela la tensión que vertebra su pintura: el trazo violento e intuitivo frente a la composición calculada, el accidente contra la voluntad.

 Luis Claramunt. Sevilla, "El puente de Basel" (izquierda) y "Guadalquivir
Negro"(derecha), 1985, Galería Ehrhardt Flórez

 

Esta cuidada selección de obras de Claramunt encierra algo profundo y misterioso. En su ejercicio artístico el gesto tiene una gran centralidad y se aplica con una certeza asombrosa y, sin embargo, este nunca pintó al natural. Claramunt, siguiendo este estilo bohemio nostálgico del flaneur, salía a la calle, caminaba, observaba y se sumergía en la vida de barrio. Pintaba solo al regresar al estudio. De memoria. Por eso sus cuadros no reproducen, sino que se aventuran a hacer un estudio de lo real desde el recuerdo. No describen, sino que reconstruyen. Para él, la pintura fue una forma de permanencia: un intento constante de ver cómo se materializaba la memoria sobre el lienzo. También una manera de mirar lo real más allá de la distinción entre figuración y abstracción —como él mismo decía, “un brochazo puede ser cualquier cosa”. 

En este sentido, el carácter de Claramunt fue siempre autodidacta y radicalmente independiente. Este perteneció a una generación que intentó ser de su tiempo sin pertenecer del todo a él. Mientras muchos artistas de su entorno se acercaban al arte conceptual o politizado, él se centró en la pintura. Pronto se aprecia en su obra un lenguaje propio, de raíz expresionista, basado en el gesto, la materia y la experiencia del tiempo. 

Quizás por todo lo anterior, los versos de aquella canción de Memória me acompañaron hasta el final de la exposición. Un cuadro de Claramunt como Calle Betis o La taberna, no muestra lo que vio, sino lo que quedó en él después de verlo. Y quizás esa es su mayor verdad: que la pintura, como el recuerdo, nunca vuelve idéntica. En ese sentido, la fantástica exposición de la Galería Ehrhardt Flórez presenta cómo la obra de Claramunt habla continuamente de presencia, pero también de ausencia. Esta es una mirada hacia los vacíos del paisaje, así como los vacíos que deja nuestra memoria: ¿Qué es lo que recordamos cuando volvemos a casa después de todo el día en movimiento? ¿Qué queda de un lugar cuando lo dejamos atrás? ¿Qué permanece? ¿Qué se deshace? ¿Qué es aquello que separa lo que recordamos de lo que vemos o de lo que existe? Sus cuadros son un acercamiento a lo real desde la vulnerabilidad que supone olvidar constantemente y desde la necesidad de permanecer a pesar de ello.


Luis Claramunt. Sevilla, "La taberna", 1985, Galería Ehrhardt Flórez.

Por Helena Martínez García.

Diciembre de 2025.

 


Luis Claramunt. Sevilla.

Del 11 de septiembre al 8 de noviembre de 2025

Galería Ehrhardt Flórez- Calle San Lorenzo, 11, 28004—Madrid

Comentarios

  1. Muy bien, Helena. Me gusta tu análisis. Muy bien relacionado con el tema de la memoria.

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