Un barco, un pulso: Juan Uslé en el Museo Reina Sofía
‘Juan Uslé. Ese barco en la montaña’
Comisario:
Ángel Calvo Ulloa
Museo
Nacional Centro de Arte Reina Sofía. C. de Sta. Isabel, 52, 28012 Madrid
Del
26 de noviembre de 2025 al 20 de abril de 2026
Hay
recuerdos que no regresan como imágenes nítidas, sino como pulsaciones. No se
presentan ordenados ni reclaman un relato, sino que insisten de forma rítmica,
fragmentaria, casi corporal. La pintura de Juan Uslé (Santander, 1954) parece
operar precisamente en ese registro: no como narración de una biografía, sino
como un sistema de latidos visuales que, a lo largo del tiempo, sedimentan una
memoria imposible de verbalizar. ‘Ese barco en la montaña’, la gran exposición
antológica que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía dedica al artista
cántabro, se articula desde esa lógica: la de una trayectoria de cuatro décadas
de trabajo que no se deja recorrer como una historia lineal, sino como una
constelación de retornos, variaciones y persistencias.
Comisariada por Ángel Calvo Ulloa, esta no es la primera retrospectiva que el museo le dedica a Uslé: en 2003 inauguró en el Palacio de Velázquez ‘Open Rooms’, una muestra de obras pertenecientes a los últimos diez años del artista. Esta vez, desde las salas del Edificio Nouvel, ‘Ese barco en la montaña’ se erige como una celebración de la carrera de Uslé, bebiendo de montajes anteriores como el de ‘Open Rooms’ y el de su exposición en la Galería Montenegro (Madrid) en 1987. No obstante, lejos de ofrecer una retrospectiva conclusiva, la exposición se despliega como un mapa de intensidades donde pasado y presente conviven sin jerarquías claras.
La pintura como memoria no narrativa
Uno
de los ejes fundamentales para comprender la obra de Juan Uslé es su relación
con la memoria. El punto de partida de esta exposición es aquel suceso traumático
que Uslé presenció en su infancia y que le marca durante toda su vida: el
hundimiento del buque Elorrio en la costa de Langre, en Cantabria, en 1960. El naufragio
de este barco se convirtió en un tema recurrente dentro de su pintura en los
años 80, fruto de la necesidad de rememorar y sanar esa herida. Así, la primera
de las once salas de la exposición alberga obras como Boat at sea (1986)
y Williamsburg (1987), pinturas que realiza cuando Uslé llega a Nueva
York, trazando el mismo camino que el Elorrio una vez recorrió desde Estados
Unidos, pero a la inversa.
Vista de la exposición 'Juan Uslé. Ese barco en la montaña' en Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2025. Fotografía: Time Magazine.
Sin embargo, esta coincidencia geográfica no debe leerse como una simple anécdota circular, sino como la materialización de una poética del desplazamiento. Al instalarse en Nueva York en los años 80, Uslé no abraza inmediatamente la frialdad de la escuela neoyorquina; al contrario, utiliza la distancia física para pintar la memoria de su paisaje natal con una intensidad renovada. Obras de este periodo presentes en la muestra, caracterizadas por una pincelada gestual, oscura y de tintes casi barrocos o románticos, donde la figuración es mínima y la abstracción es palpable. Obras que revelan así una clara sintonía con la carnalidad pictórica de Willem de Kooning, cuya influencia absorbe Uslé.
Es en esta fricción donde reside la clave de su memoria no narrativa. Uslé no nos cuenta la historia de un viaje, sino que nos presenta la tensión irresoluble entre dos mundos. A medida que avanzamos por las salas, observamos cómo esa matriz expresionista inicial comienza a verse asediada por la estructura de la metrópolis. La retícula (el grid modernista), símbolo de la racionalidad urbana de Manhattan, empieza a infiltrarse en sus lienzos, pero nunca llega a imponerse de manera absoluta.
En
este sentido, la exposición pone de manifiesto que la memoria en Uslé funciona
como un elemento de contaminación: sus geometrías nunca son puras ni asépticas,
sino que están “manchadas” por la experiencia orgánica. Las líneas tiemblan,
los colores se saturan de luz y las formas parecen flotar en un espacio
líquido. Lo que el espectador percibe no es la descripción de un lugar (ni Cantabria
ni Nueva York), sino un tercer paisaje mental, una síntesis híbrida donde la
rigidez de la arquitectura americana se ablanda al contacto con el recuerdo del
mar. Así, la pintura se convierte en el único territorio donde el artista logra
reconciliar esa bicefalia geográfica, generando imágenes que, aunque
abstractas, retienen la temperatura emocional de lo vivido.
Ritmo, repetición y abstracción
Si
la memoria constituye uno de los motores conceptuales de la obra de Uslé, el
ritmo es su principio estructural. A medida que nos adentramos en el cuerpo
central de la exposición, se hace evidente una transición gradual hacia una
abstracción más depurada, donde los asideros figurativos que aún podíamos
intuir en sus primeras obras —ese horizonte marino o la silueta de un barco—
terminan por disolverse. La pintura abandona la necesidad de representar una
realidad exterior para centrarse en su propia lógica interna, entablando un
diálogo complejo y matizado con los grandes referentes de la modernidad
pictórica.
Es
aquí donde Uslé convoca y a la vez discute la herencia de figuras como Piet
Mondrian, Barnett Newman o Ad Reinhardt. Si bien adopta la retícula de Mondrian
como andamiaje compositivo, Uslé la despoja de su rigidez teosófica para
llenarla de imperfecciones y dudas; del mismo modo, la verticalidad solemne de
Newman o los negros absolutos de Reinhardt aparecen en la muestra, pero “contaminados”
por una escala humana. Uslé humaniza la geometría: allí donde sus predecesores
buscaban un silencio metafísico o industrial, el artista cántabro introduce el
temblor de la mano y la calidez del cuerpo.
Esta
metodología alcanza su máxima expresión en la célebre familia de obras Soñé
que revelabas (SQR). En esta serie, la repetición no es mecánica, sino
biológica. Uslé construye la imagen mediante bandas horizontales que funcionan
como un sismograma, sincronizando cada pincelada con su propia respiración y el
latido de su corazón. Esta práctica, realizada habitualmente durante la noche,
conecta con una metáfora fundamental en el imaginario del artista: la del
Capitán Nemo. Uslé concibe su estudio neoyorquino como el interior del
Nautilus, una cápsula aislada donde, al igual que el personaje de Verne, se sumerge
en las profundidades de un silencio submarino para observar el mundo desde una
distancia prudencial.
Vista de la exposición 'Juan Uslé. Ese barco en la montaña' en Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2025. Fotografía: Time Magazine.
El
recorrido expositivo culmina —o se reinicia, dada la naturaleza circular del
montaje— en un espacio que desvela la tramoya íntima de la mirada de Uslé: la
instalación Línea Dolca. Aquí, el pintor cede momentáneamente el paso al
fotógrafo. Un friso compuesto por más de 170 imágenes envuelve al espectador,
mostrándole el archivo visual del artista: rincones domésticos, retratos
fugaces, texturas urbanas y fragmentos de naturaleza que funcionan como
anotaciones a pie de página de su obra pictórica. Estas fotografías no deben
leerse como obras autónomas en el sentido tradicional, sino como las pruebas
periciales de que la abstracción de Uslé nace de una observación voraz de la
realidad.
Al
abandonar este archivo visual, la metáfora que titula la muestra adquiere su
dimensión definitiva: Ese barco en la montaña trasciende la anécdota del
Elorrio para erigirse en un autorretrato velado de la propia pintura. Al igual
que un navío en una cima es un objeto desplazado y condenado a una inmovilidad
aparente, la práctica de Uslé se manifiesta como una forma de resistencia lenta
y solitaria frente a la vorágine contemporánea. Lejos de la obsolescencia, este
desplazamiento es su mayor fortaleza; en su regreso al Reina Sofía, el artista
constata que la pintura no necesita narrativas para ser relevante, bastándole
con imponerse como una presencia física y misteriosa que, contra todo
pronóstico, logra mantenerse a flote en nuestra retina.
Laura
Ruiz Hidalgo
Madrid,
23 de diciembre de 2025


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Excelente, Laura. Muy bien. Después de dos puntos y seguido se escribe con minúscula.
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