Un recuerdo circular. Juan Uslé en el MNCARS
Juan Uslé. Ese barco en la
montaña, comisariada por Ángel Calvo Ulloa, es una exposición antológica
inaugurada el pasado mes de noviembre en el Museo Reina Sofía. Presentada
veinte años después de Open Rooms, la primera muestra dedicada al
artista en esta institución, la exposición se despliega a lo largo de once
salas mediante un recorrido circular, hecho de idas y vueltas, que responde
menos a la sucesión lineal del tiempo que a la lógica interna de una obra
construida a partir de retornos, insistencias y desplazamientos.
Nacido en Santander en 1954, Juan
Uslé se formó en la Escuela de Bellas Artes de Valencia antes de trasladarse a
Nueva York en 1987, ciudad en la que vive y trabaja desde entonces, alternando
su producción (y su vida) entre Estados Unidos y España. Su infancia y juventud, marcadas
por los paisajes marítimos del norte, dejaron una huella persistente en su
trabajo, no tanto en términos de representación directa como en una relación
íntima con la experiencia del entorno, el clima y la memoria, que atraviesa su
pintura desde los primeros años hasta la actualidad.
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| Juan Uslé. Ese barco en la montaña. MNCARS |
Para quienes conocen la
trayectoria del artista, muchas de las obras expuestas, en su mayoría ya
mostradas anteriormente en museos y galerías de Europa y Estados Unidos, resultaran
fácilmente reconocibles. Esa circulación internacional sostenida, junto con su
participación en la documenta IX de Kassel en 1992, confirma la
relevancia de Uslé dentro de la pintura española contemporánea de las últimas
décadas. Para quienes se aproximan por primera vez a su trabajo, la exposición
funciona como una introducción sugerente, aunque no exenta de lagunas
informativas que obligan al espectador a completar por su cuenta aquello que la
muestra apenas esboza.
El criterio curatorial prescinde deliberadamente de un desarrollo cronológico estricto y opta, en cambio, por articular el recorrido a partir de afinidades temáticas y formales. Esta decisión, en muchos aspectos estimulante, permite leer la obra de Uslé como un continuo en el que ciertas preocupaciones —la memoria, el tiempo, la reflexión sobre la propia pintura— reaparecen una y otra vez bajo distintas modulaciones. Sin embargo, ese mismo planteamiento exige un esfuerzo constante de reubicación por parte del espectador, esfuerzo que no siempre encuentra un acompañamiento suficiente en los dispositivos de mediación. Los textos de sala, en ocasiones desplazados respecto de las obras a las que aluden, y la escasez de información contextual contrastan con el carácter profundamente analítico de una producción que ha sido extensamente pensada, escrita y teorizada a lo largo de décadas.
En este contexto, una de las
piezas que articula con mayor claridad el conjunto es 1960 Boat at the Sea
(1986), perteneciente a la serie Río Cubas. En ella se condensa uno de
los núcleos persistentes de la obra de Uslé: la memoria como materia pictórica.
El artista retoma aquí un episodio decisivo de su infancia, el hundimiento del
barco Elorrio frente a su casa cuando tenía cinco años, y lo somete a un
proceso de desplazamiento y transformación. La tragedia, mediada por la imagen
impresa del periódico y por el recuerdo fragmentario, reaparece convertida: el
barco ya no se hunde, sino que es elevado y situado en lo alto de una colina,
fuera del alcance del mar. No es casual que esta obra de título a la
exposición: en ella se anticipa, de forma casi programática, la lógica de una
práctica que concibe la pintura como un espacio de reflexión más que de
representación.
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| Juan Uslé. Ese barco en la montaña. MNCARS |
A partir de este punto, la obra
de Uslé se desplaza progresivamente hacia una abstracción cada vez más radical.
Este movimiento no implica una ruptura, sino un diálogo constante con la
historia de la pintura abstracta de la que el artista es plenamente consciente.
Los títulos de muchas de sus obras permiten rastrear influencias y afinidades
que van desde Miró y Mondrian hasta Reinhardt o De Kooning. Estas referencias
no operan como citas ni homenajes explícitos, sino capas de memoria pictórica
que alimentan un lenguaje profundamente personal. Aunque ciertos ecos
narrativos persisten, especialmente en la carga emocional de algunas piezas, el
interés del artista se concentra cada vez más en los elementos específicos de
la pintura: el ritmo, el color, la repetición, la duración. Este giro se intensifica
tras su traslado a Nueva York, cuando la densidad oscura y la materialidad casi
neorromántica de sus obras anteriores dan paso a una paleta más ligera, en la
que los objetos desaparecen para dar lugar a líneas, pulsaciones y relaciones
cromáticas más abiertas.
| Juan Uslé. Ese barco en la montaña. MNCARS |
Uno de los núcleos fundamentales
de la exposición es la serie Soñé que revelabas (SQR). Concebidas
mayoritariamente de noche y realizadas a razón de una obra por año, estas
pinturas responden a un método riguroso que convierte el acto pictórico en un
registro del paso del tiempo. No representan nada exterior, sino que hacen
visible una experiencia corporal y mental situada en un instante preciso,
funcionando como una forma elemental de autorretrato. La pintura se presenta
aquí como un acto autorreflexivo, ligado al ritmo, a la duración y a la
conciencia del propio cuerpo.
Lejos de constituir un conjunto
homogéneo, la serie se transforma con los años a través de variaciones sutiles
de intensidad, claridad y color. Resulta, por ello, llamativo, y en cierto modo
contradictorio, que una obra tan explícitamente construida desde la
temporalidad sea presentada de forma fragmentada dentro del recorrido.
Dispersar estas piezas entre otras series diluye la posibilidad de percibir su
dimensión acumulativa, cuando precisamente en esa lenta progresión anual reside
uno de sus valores más contundentes. Reunirlas en una o dos salas habría
permitido una lectura más clara y coherente con la lógica interna de la propia
obra.
| Línea Dolca (2008-2018). Juan Uslé. Ese barco en la montaña. MNCARS |
En contraste con esta densidad procesual, las últimas salas presentan Línea Dolça (2008–2018), compuesta por 170 fotografías y 9 pinturas. Este conjunto aporta una respiración distinta al recorrido y revela una faceta menos conocida del artista. El montaje, fotografías dispuestas en secuencias lineales, combinadas con las pequeñas pinturas, resulta eficaz y propone un diálogo fluido entre ambos medios. Estas imágenes permiten un acercamiento a la mirada cotidiana de Uslé: edificios, fragmentos urbanos, detalles arquitectónicos, escenas íntimas. En este sentido, la inclusión de la fotografía en el recorrido resulta especialmente acertada y amplía la comprensión de su práctica artística.
La obra de Juan Uslé se presenta,
en conjunto, como una producción sensible, rigurosa y diversa, sostenida por
una reflexión constante sobre los límites y las posibilidades de la pintura. El
criterio curatorial, valiente y arriesgado, propone una aproximación compleja
que, en algunos momentos, corre el riesgo de volverse innecesariamente
hermética cuando no se acompaña de suficientes herramientas de mediación. Esta
carencia no invalida la experiencia, pero sí la restringe, especialmente si se
tiene en cuenta que el público del Museo Reina Sofía es amplio y heterogéneo, y
que muchos visitantes se enfrentan aquí por primera vez a una abstracción
exigente, poco narrativa y conceptualmente densa. Las exposiciones antológicas
enfrentan siempre un equilibrio delicado: ofrecer una visión ambiciosa sin
perder de vista las condiciones de lectura que permiten que esa ambición sea,
efectivamente, compartida.
María Candelaria Nesossi Meza
Diciembre, 2025



Muy bien, Candela. Si la obra se presentó en los Estados Unidos, el público europeo no la puede reconocer.
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