Callejuela y manta: Yolanda Andrade en MEMORIA

 

Callejuela y manta: Yolanda Andrade en MEMORIA

Por Ana Gandía Casasnovas

cedemequis, Yolanda Andrade

Galería MEMORIA (Centro) (C. de Piamonte, 19, Centro, 28004 Madrid)

20 de noviembre de 2025 – 14 de febrero de 2026


Yolanda Andrade La fortuna. Ciudad de México, 1985

Hay fotografías que nos permiten contemplar ciudades y otras que nos permiten respirarlas, vivirlas. En un primer acercamiento a cedemequis nos damos cuenta de que estamos ante una obra que busca adentrarnos de lleno en las calles de Ciudad de México. Yolanda Andrade entiende, como muchos pensadores a lo largo de la historia, la ciudad como organismo vivo, y no como escenario. La selección de fotografías de la Galería MEMORIA (Centro), con obras que abarcan desde los años setenta hasta principios de nuestro siglo, presenta un tipo de retrato urbano que no muestra lo monumental, sino lo íntimo, lo callejero y lo afectivo. CDMX aparece aquí no como postal ni como mito, sino como experiencia: un territorio en el que lo popular, lo devocional, lo festivo y lo vulnerable conviven sin jerarquías.

Formada entre 1976 y 1977 en el Visual Studies Workshop de Rochester (Nueva York), Andrade absorbió una concepción de la fotografía fuertemente permeada por la tradición de la street photography norteamericana, propia de autores como Robert Frank y Walker Evans. Esto alejó a Andrade de la puesta en escena solemne y de la estética más rígida que había dominado parte de la fotografía mexicana de generaciones anteriores, y la situó en la calle, entre la gente, allí donde la cámara registra lo que sucede; lo predecible y lo inesperado. Desde entonces, su obra se ha definido por esa mirada observadora, bastante traviesa y profundamente cómplice.

El título de la exposición es clave para entender su perspectiva. Cedemequis no es una palabra, sino la forma de pronunciar “CDMX”. Es la ciudad convertida en sonido, en voz cotidiana. Quien dice “cedemequis” no señala un lugar en el mapa; pronuncia una pertenencia. Esa apropiación fonética indica que la exposición no habla sobre la ciudad, sino desde la ciudad. Andrade no mira Ciudad de México como un objeto cultural, sino como un ente vivo y dinámico que está latiendo, y eso es lo que ella quiere retratar.


Yolanda Andrade Muchacha con máscara. Ciudad de México, 1981

La muestra está compuesta exclusivamente por gelatinas de plata en blanco y negro, copias originales positivadas por la artista en su momento. No hay reimpresiones modernas ni ampliaciones posteriores. Esta decisión es significativa, pues en una época en la que la fotografía analógica suele reaparecer como gesto estético o como artificio nostálgico, Andrade mantiene el blanco y negro como un acto de fidelidad ética: la calle tal como fue vivida, no reinterpretada. El grano, los contrastes, la materialidad de la copia y la huella manual del laboratorio no son efectos visuales, sino parte del compromiso con aquello que ocurrió delante de su cámara.

Cierto es que la exposición no nos muestra las fases del proceso creativo de la artista —negativos, contactos, tomas descartadas—, que habrían permitido profundizar aún más en la noción del azar como motor de la imagen. Sin embargo, esta ausencia no afecta al discurso central: la galería apuesta, con toda intención, por la obra terminada como objeto irrepetible.


Yolanda Andrade El retrato de Pedro Infante. Ciudad de México, 1992

La exposición permite recorrer décadas de trabajo sin necesidad de orden cronológico. Las temáticas se mezclan con naturalidad, como se mezclan en la propia ciudad los cuerpos, los rituales y las historias: niños jugando a ser adultos, la Virgen de Guadalupe, carnavales y celebraciones masivas, manifestaciones y protestas, homenajes como el de Pedro Infante, símbolos y murales descascarados donde la vida se sostiene como puede. Todas estas imágenes están unidas por una misma cualidad: la capacidad de reconocer en la calle un teatro sin escenario, donde lo espontáneo y lo social son indivisibles.

Lo más poderoso de cedemequis es su sinceridad. Andrade no embellece ni dramatiza. La precariedad no se vuelve espectáculo. Su fotografía es emocionante, pero no sentimentalista. En ese equilibrio —difícil y valiente— se sostiene la fuerza ética de la exposición. Si estas imágenes conmueven no es porque busquen hacerlo, sino por la honestidad con la que se nos muestra lo que está frente a la lente. Al recorrer la exposición, el espectador puede reconocer que, aunque las imágenes provienen de décadas distintas, forman un lenguaje visual coherente. La artista cambia físicamente, la ciudad cambia urbanísticamente, ambas crecen, pero su relación —esa mirada y lo que le devuelve— no pierde continuidad.

Al salir, el visitante tiene la sensación de haber caminado un poco —aunque sea desde este espacio céntrico de Madrid— por Ciudad de México. Y no por la ciudad de los monumentos, sino por la de los cuerpos, las callejuelas, las costumbres, los afectos. Andrade no fotografía para monumentalizar la ciudad: fotografía para mostrar su aleatoriedad y su espontaneidad. Quizás la reflexión más profunda de la exposición esté en esa lección silenciosa: la calle es un documento vivo; y la fotografía, cuando sale a la calle y cede ante ella, se convierte en crónica de una memoria colectiva.

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