Callejuela y manta: Yolanda Andrade en MEMORIA
Callejuela
y manta: Yolanda Andrade en MEMORIA
Por
Ana Gandía Casasnovas
cedemequis, Yolanda
Andrade
Galería MEMORIA (Centro) (C.
de Piamonte, 19, Centro, 28004 Madrid)
20 de noviembre de 2025 – 14 de
febrero de 2026
Hay fotografías que nos permiten
contemplar ciudades y otras que nos permiten respirarlas, vivirlas. En un
primer acercamiento a cedemequis nos damos cuenta de que estamos ante una
obra que busca adentrarnos de lleno en las calles de Ciudad de México. Yolanda
Andrade entiende, como muchos pensadores a lo largo de la historia, la ciudad como
organismo vivo, y no como escenario. La selección de fotografías de la Galería
MEMORIA (Centro), con obras que abarcan desde los años setenta hasta principios
de nuestro siglo, presenta un tipo de retrato urbano que no muestra lo monumental,
sino lo íntimo, lo callejero y lo afectivo. CDMX aparece aquí no como postal ni
como mito, sino como experiencia: un territorio en el que lo popular, lo
devocional, lo festivo y lo vulnerable conviven sin jerarquías.
Formada entre 1976 y 1977 en el
Visual Studies Workshop de Rochester (Nueva York), Andrade absorbió una
concepción de la fotografía fuertemente permeada por la tradición de la street
photography norteamericana, propia de autores como Robert Frank y Walker
Evans. Esto alejó a Andrade de la puesta en escena solemne y de la estética más
rígida que había dominado parte de la fotografía mexicana de generaciones
anteriores, y la situó en la calle, entre la gente, allí donde la cámara
registra lo que sucede; lo predecible y lo inesperado. Desde entonces, su obra
se ha definido por esa mirada observadora, bastante traviesa y profundamente cómplice.
El título de la exposición es
clave para entender su perspectiva. Cedemequis no es una palabra, sino la
forma de pronunciar “CDMX”. Es la ciudad convertida en sonido, en voz
cotidiana. Quien dice “cedemequis” no señala un lugar en el mapa; pronuncia una
pertenencia. Esa apropiación fonética indica que la exposición no habla sobre
la ciudad, sino desde la ciudad. Andrade no mira Ciudad de México como un objeto
cultural, sino como un ente vivo y dinámico que está latiendo, y eso es lo que
ella quiere retratar.
La muestra está compuesta
exclusivamente por gelatinas de plata en blanco y negro, copias originales
positivadas por la artista en su momento. No hay reimpresiones modernas ni
ampliaciones posteriores. Esta decisión es significativa, pues en una época en
la que la fotografía analógica suele reaparecer como gesto estético o como
artificio nostálgico, Andrade mantiene el blanco y negro como un acto de
fidelidad ética: la calle tal como fue vivida, no reinterpretada. El grano, los
contrastes, la materialidad de la copia y la huella manual del laboratorio no
son efectos visuales, sino parte del compromiso con aquello que ocurrió delante
de su cámara.
Cierto es que la exposición no nos
muestra las fases del proceso creativo de la artista —negativos, contactos,
tomas descartadas—, que habrían permitido profundizar aún más en la noción del
azar como motor de la imagen. Sin embargo, esta ausencia no afecta al discurso
central: la galería apuesta, con toda intención, por la obra terminada como
objeto irrepetible.
La exposición permite recorrer
décadas de trabajo sin necesidad de orden cronológico. Las temáticas se mezclan
con naturalidad, como se mezclan en la propia ciudad los cuerpos, los rituales
y las historias: niños jugando a ser adultos, la Virgen de Guadalupe,
carnavales y celebraciones masivas, manifestaciones y protestas, homenajes como
el de Pedro Infante, símbolos y murales descascarados donde la vida se sostiene
como puede. Todas estas imágenes están unidas por una misma cualidad: la
capacidad de reconocer en la calle un teatro sin escenario, donde lo espontáneo
y lo social son indivisibles.
Lo más poderoso de cedemequis
es su sinceridad. Andrade no embellece ni dramatiza. La precariedad no se
vuelve espectáculo. Su fotografía es emocionante, pero no sentimentalista. En
ese equilibrio —difícil y valiente— se sostiene la fuerza ética de la
exposición. Si estas imágenes conmueven no es porque busquen hacerlo, sino por
la honestidad con la que se nos muestra lo que está frente a la lente. Al
recorrer la exposición, el espectador puede reconocer que, aunque las imágenes
provienen de décadas distintas, forman un lenguaje visual coherente. La artista
cambia físicamente, la ciudad cambia urbanísticamente, ambas crecen, pero su
relación —esa mirada y lo que le devuelve— no pierde continuidad.
Al salir, el visitante tiene la
sensación de haber caminado un poco —aunque sea desde este espacio céntrico de Madrid—
por Ciudad de México. Y no por la ciudad de los monumentos, sino por la de los
cuerpos, las callejuelas, las costumbres, los afectos. Andrade no fotografía
para monumentalizar la ciudad: fotografía para mostrar su aleatoriedad y su
espontaneidad. Quizás la reflexión más profunda de la exposición esté en esa
lección silenciosa: la calle es un documento vivo; y la fotografía, cuando sale
a la calle y cede ante ella, se convierte en crónica de una memoria colectiva.

Muy bien, Ana. Me gusta. Muy bien escrita.
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